Test de percepción I
Que no te vean los tirapiedras. Esto no es un bus. El queso soy yo.
Esto no es un bus
Hay huecos. Que dejan escapar palabras. El silencio es la sombra de mi alma. No le da cobijo a nadie. Cuando vuelva a la ciudad voy a venderme en un semáforo. Que si prende el rojo tengo 30 segundos para convencerte. No me subas la ventanilla. No me machuques los dedos. No te voy a atracar. Sólo puedo robarte el alma. Voy a montarme en un bus para venderme al mayor fingiendo que vendo chocolates. Me monto y tropiezo con el borde metálico del escalón. Se me salen por los huecos caramelos de tutti-frutti y se me cae el filtro. Me repongo como puedo.
Pasajeros expectantes me miran sin mirarme.
Doy mi discurso platónico. Al final siempre cuesta un poco anunciar el precio pero lo hago con éxito. Uno por ocho tres por mil. A algunos les inspiro lástima, a la mayoría, no lo suficiente como para que hagan la matemática, interrumpan su quietud entumecida y procedan a levantar nalga meterse la mano en el bolsillo y entregar el pliego ya abonado a la muerte, a cambio de lo que puede o no ser, un chocolate de dudosa procedencia. Dos o tres pasajeros accederán a ejecutar la tarea titánica y me compran chocolates que no son chocolates. El señor barrigón, que disfrazaba su gula de hambre y su falsa hambre de lástima y su falsa lástima de interés, al abrirlo, se queja. Esto tampoco es un bus pero aquí vamos montados, fíjate.
Al menos lo intenté, me digo. A la última persona que le supe a chocolate sólo alcanzó a decir ‘ta bueno’ antes de vomitar. Y eso fue hace ya cinco años.
Me meto a la ducha para lavarme la vergüenza. Se me sale la vida por el agua del champú.
go-teras
Miro el feed. Por los huecos de las palabras se me van unos tuits remojados y el olor se me queda en la boca. Empiezo a toser beats pegajosos de ingeniería. Con razón no se me venden los chocolates. Les falta ciencia. Cierro los ojos. El olor sigue en mi boca. Los beats siguen allí. Juegan a subir por mi escalera de caracol y retumban en mi cabeza cuando me acuesto a dormir. La almohada respira y se le salen también las mentiras que había escondido y que olvidé. Miro adentro. Hay algo más. Es una nube en teras. Me asomo y ya no la puedo tapar. Lo que brota no cabe en baldes lo riego. Teras. Sólo los niños creen que es chocolate líquido. El resto sólo ve barro y caminan más rápido al verme el cartel invisible de refugiado que cargo y que no me deja hacer más nada con las manos.
¿Habrá castigo si me paso la frontera? Se me sale la vida y quién la recoge. Me quedo sin batería y ninguno de mis huecos tiene forma de enchufe. Y nadie tiene cable que no me amarre. Y el corazón busca y no encuentra sangre qué empujar. El corazón busca y no encuentra. Corazón bus de carcasa gruesa y contenido 98% aire monta y baja pasajeros y al final del día se estaciona (vacío). La ruta no lleva a ningún lado. Pasajero que se da cuenta se baja. Algunos piden reembolso obtienen: bonos de odio pagaderos a 60 días.
El queso soy yo
Nadie se llevó mi queso
El queso soy yo
todo lleno de huecos
Alguien me puso aquí
para ser devorado por ratas
Sigo desplumando mi manuscrito/máquina. Para que ustedes se coman la piel doradita y escupan lo demás.
Todo lo que viene
Para la semana que viene, por fin, tendremos la Teoría de partículas como plato fuerte, y de postre un Casting.
Sapiens, la app de lecturas que estamos (mi amigo Igor Collazos y yo, pronto mejor conocidos como Crowdpublishing Technologies o CPT) por sacar, avanza a paso de vencedores. Es muy probable que podamos lanzarla en junio en su versión beta, ya les estaré informando.


Que forma fresca de expresarse, hay muchas imágenes muy divertidas. Gracias pase un buen rato en tu no autobús metido en un queso.
Christine… Tu texto me llegó en caída libre y, no sólo lo leí: me atravesó. El queso eres tú, dices. Me di cuenta desde la tercera línea. Pero no queso de vitrina, sino el que uno encuentra en una cueva asturiana con todo su “verdor”, con huecos llenos de vida, sí, huecos que saben a madurez. Esto que has escrito no es una queja agazapada en el último asiento de un autobús con alas. Es un espejo que no refleja, sino que absorbe. Gracias por dejar que me caiga dentro.